Germinario: sembrando horror
- Roxanna Guarneros

- 14 oct
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 14 oct
¿Te apasiona la escritura y la literatura? ¿Te emociona descubrir nuevas voces narrativas?
Bienvenido a Germinario, la columna quincenal de El Semillero donde las palabras germinan y las ideas florecen. Aquí compartimos los textos de escritores emergentes que se atreven a sembrar su talento, explorar sus límites y dejar brotar su imaginación.
Esta semana, inaugurando la columna te presentamos a Melany Antonio Gil, una voz contemporánea que aceptó nuestro reto literario: escribir un relato de horror inspirado en el estilo inquietante de Agustina Bazterrica.
Originaria de Coatzacoalcos, Veracruz, Melany nos sumerge en “Letras y documentos”, una historia que explora los límites entre el lenguaje y la locura, ese territorio donde las palabras cobran vida hasta devorarlo todo.

En entrevista, nos compartió:
“Para mí, la escritura es una forma de liberar aquello que no sé decir de otro modo. Es crear historias que, de alguna manera, puedan ayudar a los demás. En Letras y documentos buscaba retratar la explotación laboral, pero quise retorcer el tema y mostrarlo de manera más cruda: cómo el protagonista pierde su percepción y su humanidad a causa del exceso de trabajo.”
Prepárate para leer un relato donde la rutina se convierte en pesadilla, y las palabras son más peligrosas de lo que parecen. 🌑
Letras y Documentos
—Melany Antonio Gil—
Recargado sobre el poste frío de la parada de autobuses, espero el transporte hacia lo único que sostiene mi cuerpo: el trabajo. Sueño con dejarlo incontables veces, pero siempre me devuelve la misma pregunta: ¿qué sería yo sin él? ¿Quién llenaría los expedientes si desapareciera? Estoy atado a mi trabajo. Nos necesitamos mutuamente, o al menos eso dice mi jefe para mantenerme haciendo horas extras sin pago alguno.
Últimamente, mis días pasan sin sobresaltos: no hay gestos, no hay pausas, solo trabajo. No me quejo, pues mi sueño siempre ha sido conseguir un buen empleo y llevar una vida cómoda. No me gusta destacar.
Al llegar, mis compañeros ni se inmutan; mantienen la cabeza hundida en los monitores, escribiendo lo más rápido posible para terminar su labor.
Las únicas personas que parecen disfrutar su trabajo son los conocidos del jefe, esos que, por alguna razón, lograron entrar a la empresa sin problema alguno. Incluso uno de ellos no tiene título.
—Necesito que hoy te quedes tarde. Debo terminar este acuerdo antes de medianoche. Compraré pizza y soda para que cenes. Oswaldo te acompañará —me dijo el jefe, entregándome una pila de documentos antes de salir del despacho.
Coloqué los papeles en mi escritorio y comencé a leerlos, pero me fue imposible: las letras empezaron a mezclarse entre sí, formando frases extrañas, figuras y dibujos. Decidí dejarlos a un lado y prepararme un café, esperando que eso aclarara mi mente.
Me serví una taza de café negro, sin azúcar ni leche. Le di un gran sorbo. Su amargor me trajo de vuelta a la vida.
Volví a sentarme y traté de leer de nuevo. Esta vez, las letras parecían burlarse de mí: corrían en círculos, mezclaban las palabras, hacían que entendiera todo al revés. Tomé un lapicero y las amenacé.
—¡Dejen de moverse, estúpidas letras! Si no regresan a su lugar, juro que las rayaré a todas.
Las letras se alinearon frente a mí, como si me miraran. Luego giraron hacia el lapicero y empezaron a reírse. Su risa era insoportable.
Conseguí este trabajo recién salido de la universidad, gracias a un proyecto que realicé. Al jefe le encantó la forma en que organicé un caso y decidió hacerme su secretario personal. Al principio fue amable, pero con el tiempo empezó a sobrecargarme. Llegué a memorizar la mayoría de los expedientes, pero no podía defraudarlo. Él confiaba en mí.
Comencé a rayar las letras N, convirtiéndolas en M. Luego seguí con la J, transformándola en U. Podía oírlas lamentarse. Les estaba quitando su identidad, su integridad, su cordura.
De pronto, el jefe entró de golpe. —¿¡Qué demonios estás haciendo!? ¡Son los documentos originales, idiota! —corrió hacia mí, intentando arrebatarme el lapicero.
Cuando lo miré, noté que era una letra E. Una enorme y desagradable E.
—¿Eres el jefe de ellas, verdad? —¿De qué hablas? ¡Soy tu jefe!
Comencé a rayarlo. Llené cada espacio de tinta negra. Luego tomé unas tijeras y lo corté hasta transformarlo en una F. Vi cómo las demás letras se amontonaban en la habitación, algunas aterradas, otras liberadas. Empezaron a hacer llamadas… qué idiotez, las letras no tienen teléfonos.
Después de terminar con la E, tomé un sorbo de café. Tenía un sabor raro. A metal.
Al alzar la mirada vi a mi jefe tirado en el suelo, cubierto de agujeros y cortes. Le faltaba una oreja. Y un ojo.
—Hmm… —Sentí algo viscoso en la boca. Lo mastiqué. Era el ojo de mi jefe. Ahora podría ver la vida como él la veía.
Aunque el café ya estaba frío, lo bebí igual. Las letras, por fin, se callaron. En la oficina solo quedaba trabajo.




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